domingo, 18 de mayo de 2008

Fantasía en gris y naranja

- Y, ¿qué es lo que más te ha gustado de Londres?- pregunta Teresa durante nuestro café del viernes tarde.
- El color gris y las naranjas- respondo sonriéndome
- ¿Grises y naranjas?- se sorprenden las dos al unísono, Teresa que me conoce más puntualiza- Uy esa sonrisa...
Marta mira el reloj.
- !Qué tarde se me ha hecho¡-me da un beso mientras se levanta para irse- Me voy en lo mejor verdad? ¡Qué rabia!
-Anda, supermami, corre a por los niños que ya pagamos nosotras- le digo a la vez que le devuelvo el abrazo. Me encanta Marta de mayor quiero ser como ella.
Marta se acerca a la puerta, la abre y antes de adentrarse en la cortina de agua del mundo exterior se gira para decirme que le llame mañana para contarle todo con pelos y señales.
-Claro, tonta y corre que se te van a encoger los niños con la lluvia- le digo a la vez que le mando un beso
- Uy, ya quisiera yo- y corre bajo la lluvia.
Teresa me mira por encima de sus gafas de pasta roja.
-El gris no es por la lluvia ¿verdad?-sonríe, me conoce demasiado bien- cariño, no me digas que...
-No, no-niego rotundamente a la vez que me sonrojo
-Ya decía yo- toma un sorbo de café, se acomoda en la silla- anda empieza, que me muero de ganas por saber y tú por contar.
Y ya no estamos en La petite abeille de Hudson street, mi mente trae al presente el frío de Londres, los cielos con nubes cargadas de lluvia y unos ojos grises que me hicieron llegar tarde a una cita de trabajo por primera vez en mi vida.
Aterricé en Londres entre asustada e ilusionada. Era mi primera gran oportunidad, una importante compañía cosmética me había escogido a mí para redecorar sus oficinas centrales. Para nuestra primera reunión decidí coger el metro, no era hora punta y pude sentarme comodamente, no había mucha gente en el vagón.
De repente un olor captó mi atención, naranja, alguién se estaba comiendo una naranja. Levanté la vista del periódico y entonces vi los ojos más bonitos que hasta ese momento había tenido el placer de encontrar.
Grises, entre profundos y vacíos, irremediablemente indecentes se me antojaron esos ojos. Un instante bastó, él bajó la mirada a la naranja, con cuidado introdujo un gajo entre sus labios.
Noté como los míos se entreabrían imitando el gesto de los suyos. En ese momento sólo deseaba que esos ojos me miraran mientras la naranja era mordida por sus dientes.
A veces, el deseo es algo inesperado, inoportuno e incontrolable, una imperiosa necesidad que hay que disimular en un vagón de metro.
Intenté centrarme en el periódico del día para distraer mi mente de las ideas que me asaltaban, pero no hubo forma, solamente podía imaginar que mis labios eran gajos de naranja que él tomaba entre sus dedos para luego llevárselos a la boca.
Me estaba mordiendo la yema del pulgar cuando los altavoces anunciaron la parada siguiente a la mía, me había pasado mi parada.
Me levanté de un salto, el gris de sus ojos me dirigió una mirada llena de curiosidad, por un instante imaginé miles de fantasías con el periódico en una mano, el maletín en otra y mis ojos fijos en dos nubes de cielo inglés.
Me mordí el labio inferior de frustración miestras salía de la parada de metro y desandaba el camino hasta mi punto de reunión, pensaba en lo mucho que odio ser tan tímida.
-Y, ya está- Teresa me devuelve a la realidad- Al menos podías haberle dado tu tarjeta antes de bajarte, si es que no tienes remedio- me da una palmadita en la mano y suspira- ¿Le viste al día siguiente?
-No, cogí un taxi por si acaso, no quería volver a llegar tarde- le contesto a la vez que le saco la lengua en un gesto de rabia infantil.
Ella se ríe, sabe que soy incapaz de dejarme llevar por el deseo de un instante por miedo a quedarme enganchada y enamorarme.
Cambiamos de tema, hablamos hasta que se hace de noche y tomamos rumbos distintos hacia nuestros apartamentos. La lluvia golpea mi paraguas y esquivo charcos hasta el rascacielos donde está ubicado mi estudio de una habitación, desde la ventana llena de gotas de lluvia contemplo las luces de la gran manzana y pienso que es gustoso tener en la memoria una fantasía con olor a naranja y color gris para caldear las noches solitarias y lluviosas de una mujer tímida como yo.