domingo, 27 de julio de 2008

adios a la diosa de barro

Sin hacer caso a las cintas amarillas de cuidado no traspasar investigación en curso atravesaste todas mis barreras y arrasaste como un remolino todo lo que hubo en esa playa en que naufragué de mi último fracaso amoroso.
Y el mundo estalló en color, en deseo, en amor.
Y creaste un altar a una diosa que creiste que yo era y te equivocaste y me equivoqué.
Y tu fé en esa diosa se reflejaba en tus ojos azules de cielo y me dejé engatusar por esa imagen.
Cuando la estatua de arcilla que creé para tí, para complacerte, olvidándome de mí misma se rompió ya no soportabas ver a la campesina que tú decías que se escondía detrás de ella.
Y vino la cotidianidad pero los héroes la odiáis y me odiaste por el engaño.
Y porque sabías que era fuerte me dejaste caer y buscaste un nuevo destino lejos de mi lado, sin mí.
Nunca miraste atrás.
Te perdiste la mejor parte de la caída ese momento en que detrás de los trozos de arcilla del suelo descubrí que se escondía una guerrera que ahora ya es mujer, por pleno derecho.
Y ahora en un mundo sin ti descubro que ya no hay dioses, que no soy más que una pagana en busca de la necesidad ineludible de crecer.
A pesar de todo fue lindo mientras duró lo que tenía que durar y a un precio alto aprendí que no hay peor delito contra uno mismo que intentar ser la diosa que una no es porque en el fondo quién quiere ser una diosa cuando se puede ser mujer.