martes, 26 de agosto de 2008

Muñeca de trapo

Huiste dejando atrás sólo una carta para mí, nadie debía saber de ella así que la quemé en el terrado del edificio donde tantas veces nos sentamos a hablar bajo las estrellas que nos imaginábamos porque en la ciudad entre tantas luces y humo ya no se distinguen.
- Pero siguen ahí- solías decirme, Miri con esa voz tuya que de tan flojita a veces era difícil de oir.
Yo huía del calor de mi cuarto tú del infierno de tu casa y nos encontrábamos ahí arriba en ese pequeño oasis en medio de las antenas y por encima del asfalto.
-¿ Hoy también ha vuelto borracho a casa?- te preguntaba yo mientras sacaba las cosas de la mochila.
- No sé supongo. No es que me haya quedado a disfrutar del espectáculo- contestaba la Mireia que se las daba de pasota, que hacía como que no le importara lo que pasaba en su casa, la niña que se abrazaba las piernas con tanta fuerza que yo pensaba que se las iba a romper
- ¿por qué no le denuncia tu madre?- te decía yo enfadada, asombrada.
- ¿y qué haríamos?- ni siquiera me mirabas, y yo sabía que tenías lágrimas ahí dentro contenidas- para ti es fácil, tú no lo entiendes- y cambiabas de tema, preguntabas qué libro íbamos a leer juntas.
En clase nunca hablabas, te sentabas, escuchabas con atención tomabas nota de todo y salías corriendo a la biblioteca a leer. Fué allí donde nos encontramos, tú querías el mismo tomo de Torres de Malory que yo, te dejé llevártelo y así empezó nuestra amistad, con los libros. Aún recuerdo tu alegría cuando por tu cumpleaños te regalé la colección entera, tu sonrisa, esa que sólo guardabas para unos pocos privilegiados, la sonrisa de verdad, de carne y hueso debajo de la de la muñeca de trapo. Muchos en el colegio ni siquiera sabían de tí, nunca se habían fijado en esa niña de cabello negro que se sentaba siempre en primera fila a ser posible y cuya nariz siempre andaba metida dentro de un libro.
- Mi madre parece una muñeca de trapo- me dijiste una vez sin ninguna expresión en el rostro- oigo los golpes en su cuerpo, como su puño la golpea y sin embargo cuando todo se hace silencio y la encuentro en la cocina siempre lleva esa sonrisa estúpida en la cara, esa de muñeca de trapo, como cosida sólo que a base de bofetadas y me dice mientras me abraza, anda cariño vete a dormir que es tarde.
Y ante éso yo callaba, no entendía, y menos aún el día en que él decidió convertirte en muñeca de trapo. Supe que algo iba mal en el momento en que te vi entrar por la puerta del terrado, llegabas tarde.
- ¿te ha pegado?- qué pregunta más estúpida, era evidente, tu ojo era un tomate a punto de estallar
No hablaste sólo apoyaste tu cabeza en mí y lloraste sin ruido alguno porque las muñecas de trapo no tienen voz y sus ojos son cuencas vacías por donde la vida se escapa. Y tu Mireia muñeca de trapo aquella noche no sabías qué hacer, y qué sabíamos nosotras de la vida, de qué hacer si sólo éramos niñas. Yo estaba indignada.
- Voy a decírselo a mi padre que hará algo seguro-me levanté para bajar a casa, tu mano no me soltó.
- No te vayas ahora, tu padre no va a hacer nada, todos lo oís y nadie hace nada- no me mirabas, tenías la vista fija en el suelo- nadie va a hacer nada porque ella no hace nada- me gritaste y la rabia que había en tus ojos me aterró, la frustración, el dolor y ese grito silencioso que era tu mirada.
Y te abracé porque ¿qué más podía hacer Mireia? Yo no entendía, tú tampoco y ninguna de los dos pudimos hacer más que abrazarnos y dejar que lloraras en silencio.
Al día siguiente no viniste al colegio y pasaron los días sin que tu aparecieras ni dieras señales de vida, te llamé a casa, te dejé notas por debajo de la puerta, supongo que él las rompería.
Una noche subí al terrado y encontré la carta doblada bajo un libro.
- Al fin la muñeca de trapo ha decidido hacer algo, no quiere que yo sufra por su culpa nos vamos lejos, no sé adónde en cuanto sepa algo te haré saber dónde estamos. Sé que no te vas a olvidar de mí amiga de constelaciones y letras, deséanos suerte-
Lejos, dónde queda éso pensé y deseé que fuera un sitio donde el dolor y el miedo no pudieran perseguirte.
- Mamá, sabes que el padre de Miri les pega a ella y a su madre- solté de repente en la cena
- Anda María deja de decir tonterías y cómete éso-
- Papá, tú los has oído- no podía creerlo, no me hacían caso como tú me dijiste
- Mira, María no se pueden decir esas cosas si no se tienen pruebas, está muy feo acusar a la gente y más cuando son cosas serias- mi padre me apuntó con la cuchara, hicieron todo lo que tú dijiste que harían: nada, no entendieron o quizás no quisieron escuchar.
Desde que me dejaste la carta ya han pasado varios años y no sabía nada de ti hasta que hace dos meses vi en las noticias que tu padre una noche se presentó en la casa a la que os habíais mudado, que le suplicó a tu madre que volviera, que la quería mucho, que no iba a volver a pasar y cuando ella le dijo que no os asesinó a las dos a sangre fría y luego se pegó un tiro en el terrado. !Qué irónico eh Miri! en el terrado, quizás él también quiso ver las estrellas después de haberse quedado sin muñecas de trapo con las que jugar.