lunes, 27 de octubre de 2008

La Camisa

Os dejo otra cosita que escribí en mi otro espacio, es que estoy traspasando poco a poco las cosas. Este relato me encanta, aunque la calidad no sea lo mas de lo mas me encanta porque es sobre las camisas que ya sabéis que me pirran.

La gota cae suave y lentamente por el cuello de la botella dejando surcos de luz líquida por la superficie cristalina. Sus dedos entran en contacto con el cristal, agua en sus yemas empapando los surcos de sus huellas. Con calma medida las dos bocas se unen, cristal y carne en un beso del que a él le encantaría ser partícipe. Una señal de peligro se enciende en su cabeza, sabe que ella puede beberse de un sorbo su alma. Está dispuesto a correr riesgos con tal de hacer realidad el deseo de naufragar en sus labios. Inesperadamente ella le mira, un brillo de reconocimiento en sus ojos, imposible que se acuerde de él, el humo del local es solo el presagio del posible incendio del que ya no hay escapatoria, hace tiempo que se encendió la llama y no hay cortafuegos que valgan, esta noche está dispuesto a quemar sus naves. Ella vuelve a sorprenderle pronunciando su nombre, en su voz nota la alegría del reencuentro, la promesa de una noche en la que todo puede suceder. El destino es asi de imprevisible.
Recuerda cuando su hermana Patricia le habló de su compañera de piso, su primer encuentro en casa de ellas. Su hermana más lanzada que él para todo cursaba tercero y ya vivía fuera de casa, mientras él que estaba a punto de terminar con un trabajo en el bolsillo continuaba enganchado de la falda de su madre. Recuerda las tardes muertas hablando de quién sabe qué cosas, cambiando el mundo, compartiendo inquietudes, esperanzas, soñando otras realidades a su lado. Las noches en vela en el sofá sabiendo que ella compartía cama con otro hombre, verla aparecer en el desayuno con camisas que no eran la suya, la desesperación de buscarla en otros cuerpos, el amargo sabor de labios que no eran nunca los suyos, la vana esperanza de encontrarla en otros lugares, en otras camas pero nunca ella.
Nunca entendió ese juego ambiguo de miradas, de celos escondidos, ese estúpido juego en que a pesar del deseo latente ninguno de los dos se atrevía nunca a dar el primer paso.
Y sin previo aviso ella desaparece de su vida, buscando su camino abandona la ciudad dejándole una sensación de vacío que nunca supo con qué llenar. Ellas mantuvieron el contacto de forma virtual, miles de e-mails poniéndose al día de sus vidas, la amistad se hizo más fuerte con Patricia a pesar de la distancia pero él se quedó fuera, excluido, relegado a un segundo plano, obligado a saber de ella a través de las migajas de información de su hermana, sin atreverse nunca a preguntar o llamarla. De vez en cuando un saludo, una pregunta educada, nada más hasta ayer que Patricia le llama para comunicarle que ella ha vuelto a la ciudad justo cuando tiene un congreso fuera y no puede estar para recibirla ni tomarse su cerveza en el bar de siempre, su hermana le pregunta:
-¿Me haces el favor de quedar con ella mientras no ésté ahi ? Para que no se sienta sola en su vuelta.-
Él no lo piensa dos veces, lo que su hermana no sabe es que no es un favor ni una obligación, es un deseo, es su fantasía hecha realidad, su oportunidad de dar el primer paso después de tanto tiempo.
Y ahora que la tiene delante se queda sin palabras. Como un buen vino ella ha mejorado con los años, solo espera que ella piense lo mismo. Ella se acerca e inesperadamente le abraza trayendo con su cercanía ese olor tan suyo que tanto se ha empeñado él en enterrar en el olvido. Se deja llevar por el instante hundiendo sus dedos en la suavidad de su pelo, nota que ella se estremece, sus manos se deslizan suave y profundamente por su espalda.
Un susurro de hojas secas en sus oidos mientras ella le dice:
- ¿Me has echado de menos?-
Ya no hay vuelta atrás, se deja llevar, arrastrar por su marea, quiere amanecer en la playa de sus brazos, en la orilla de su cintura, ella le besa y viene a su mente la imagen de una serpiente de cascabel pero quién piensa en antídotos mientras muere entre los brazos de la mujer que uno ama.
El sol le despierta, ¿desde aquella noche en que todo empezó cuánto llevan juntos? Ella aparece de repente en el umbral de la puerta de su habitación, una taza de café en sus manos, una sonrisa en sus labios y vestida solo con una de sus camisas. Él se sonríe mientras le dice:
-Ciertamente te quedan mejor las mías-