lunes, 26 de enero de 2009

Una pausa para sentir

Me paro un momento a escuchar.
Una pausa en el ajetreado día.
Cierro los ojos, la vista es uno de mis sentidos más desarrollados y quiero sentir el mundo por este instante sin mi prejuiciosa mirada.
Lentamente, poco a poco, el resto de mis sentidos aletargados se despierta.
El tecleteo de Maica en su teclado pone banda sonora a la oficina.
El olor a naranja permanece en el aire como el perfume sutil de una mujer que abandona el ascensor dejando una huella etérea y volátil.
Su sabor aún cosquillea en mis papilas, dulce con un toque ácido refrescante.
El soplo artificial de aire cálido proveniente del aparato de aire acondicionado golpea mis mejillas a rachas, suaves, rítmicas, dotándolas de un tinte rosado.
Me gustan estas pausas en el día en el que dejo que el mundo se despliegue ante mí de forma suave, como los libros de cuentos antiguos con sus figuras de papel plegadas, hay todo un mundo ahí fuera repleto de detalles que me pierdo en la prisa de la rutina.
Abro los ojos poco a poco, sin prisa, mis pupilas se contraen ante la luz.
Los colores parecen más vivos después de tener los ojos cerrados durante un instante.
O quizás el mundo lo percibo más vivo cuando lo siento a través de mis cinco sentidos.

Un abrazo sensorialmente cálido