martes, 10 de marzo de 2009

La alacena

El dulce olor del mango permanece en el aire, su pegajoso tacto se desliza por la comisura de mis labios. Me acabo de limpiar las manos en el vestido, es blanco y las huellas amarillas resaltan más sobre el algodón, delatándome ante su mirada.
Ella me zarandea, apretando sus grandes dedos en mis pequeños brazos, noto la presión atravesando mi piel.
Ella me grita, deprisa, con su voz áspera y ronca dispara palabras a una velocidad que mi cerebro es incapaz de procesar. Por el rabillo del ojo veo venir la palma de su mano abierta, enorme, como una ola gigante que barre la orilla de mi mejilla, no tengo tiempo ni de parpadear cuando el látigo del dolor estalla.
Tira de mi mientras un chillido asustado e involuntario se escapa de mi garganta, ella me clava con su mirada al suelo, aprieto los labios, ella satisfecha por el silencio conseguido me sigue arrastrando hacia la escalera.
Ella no se para al llegar al primer escalón, sé que el descenso va a ser rápido.
Tira.
Ni siquiera me agarro a la barandilla de madera porque no tengo tiempo.
Sigue tirando de mi, deprisa.
Deprisa bajamos las escaleras, siento que uno de mis zapatos de charol negros se desprende, miro atrás y quiero quedarme con él, no quiero seguir bajando.
Ella tira y ya estoy abajo.
El esfuerzo le hace jadear y se arremanga la camisa del brazo con el que me sujeta.
Vamos hacia la cocina, mis pies con un zapato sí y otro no crean un ritmo extraño sobre las planchas de madera de la casa.
Hemos llegado a la cocina y en ella mi hermano está sentado educado y apropiadamente leyendo un libro delante de la mesa. Su mirada pasa de mi tia a mi, asustada, sus ojos se abren como dos platos. Antes de que pueda decir nada ella se le adelanta.
-Sal y cierra la puerta tengo que hablar con tu hermana-le ordena ella con esa voz solemne que ella utiliza cuando va a pasar algo.
Yo no les miro, observo las baldosas blancas y negras del suelo, me fijo en la mancha amarilloanaranjada de mi vestido.
Oigo a mi hermano bajarse de la silla, por un instante nuestras miradas se cruzan cargadas de impotencia, solo soy un niño parece que me quiera decir con esos ojos suyos mientras cierra la puerta tras de si.
Ella relaja al fin la presión sobre mi brazo pero la opresión de sus dedos sigue ahi. Me froto la zona de mi bracito con la vana ilusión de aliviarme, quiero abrazarme a mi misma, encogerme y hacerme invisible para que ella no pueda verme y asi escapar, eso no sucede y sigo de pie mientras ella me da la espalda.
Saca una llave de su bolsillo y abre la puerta de la alacena. Yo inmovil la espero paralizada.
-Quizas aqui dentro pienses en lo que has hecho y aprendas algo- dice mientras suspira.
En ese instante mis piernas cobran vida, retrocedo hacia la puerta pero ella es mas rápida y me atrapa, me arrastra, me empuja y caigo al suelo, mis rodillas golpean las baldosas y todo se oscurece.
Oigo la llave que gira en la cerradura, me apresuro a darme la vuelta, mi hombro choca con la puerta, la oscuridad me atrapa, me oprime.
Cierro los puños.
Golpeo repetidamente la solida negrura donde debe estar la puerta, grito que quiero salir, escapar, por un instante me siento ciega.
El polvo se mezcla con mi pelo y mis lágrimas, ni siquiera me he dado cuenta de que estaba llorando. Me desgarro en llanto, araño la puerta hasta hacerme daño, que no sé si sangre porque el negro que todo lo invade es la ausencia de los colores.
Vuelvo a golpear.
Una rendija de luz se cuela por la puerta, en el vacío de la oscuridad ahi debe estar el suelo, pego mi mejilla sobre él sintiendo su frio tacto y grito, llamo a mi madre a pesar de saber que no está en casa. Quiero que venga y me saque de alli.
Grito, chillo y pasa el tiempo enronqueciendo mi voz. A duras penas quepo en el minúsculo habitáculo, me encojo sobre mi misma, siento caer la oscuridad sobre mi, mi corazón late tan rápido como las alas de un colibrí, me ahogo, no hay aire.
Que alguién me saque de aqui por favor...
Abro los ojos a la oscuridad, boqueando como un pez fuera del agua.
Tanteo con mis manos hasta hacerme con el interruptor.
La luz me ciega.
Otra vez otra pesadilla.
Reconozco mi habitación, ya no soy una niña.
¿Quién soy? Ahora recuerdo, me he hecho mayor pero sigo soñando con la alacena.