martes, 10 de marzo de 2009

Viaje sin retorno

No piensa en nada mientras el aire de la máquina secamanos espanta las gotas de agua que huyen despavoriadas dejando la superficie de su piel suave y caliente. El flujo de viento se detiene pero sus manos siguen ahi, extendidas, ella de pie, detenida, parodia en carne y hueso de una estatua de cera.
Una voz a su espalda pregunta:
- ¿Me permite?-
Ella parpadea una vez, otra, y finalmente decide girarse. Una señora de mediana edad le observa con una sonrisa y las manos mojadas.
Se sonroja por su despiste y por hacerla esperar.
- Claro, disculpe- consigue decir apartándose.
Introduce las manos en los bolsillos con la vana esperanza de conservar durante unos segundos algo del calor que desprenden, sabe que es imposible, el frío está dentro, es una fiera que le muerde con rabia. Se aleja de los aseos atenta por si anuncian su vuelo, está cansada y el mero hecho de permanecer despierta requiere toda su atención. Se detiene ante uno de los paneles de información, letras y números desfilan ante sus ojos, no consigue entender ese extraño lenguaje abreviado, se siente perdida, dirige su mirada por encima del hombro derecho donde él debería estar, le mira extrañada, nunca le había visto ese abrigo, ese no es su corte de pelo, no es él, es imposible que sea él, es solo su mente que le juega malas pasadas.
Baja los ojos, se mira los zapatos, muerde su labio inferior y nota el río de lágrimas intentando traspasar la presa interna que ella ha creadp. Aprieta los párpados con sus dedos, dos segundos y se relaja, la presión va cediendo lentamente mientras intenta respirar.
Parpadea.
Parpadea.
parpadea, el peligro de una inundación ha pasado.
Observa su billete con atención, memoriza los caracteres y los busca en la sopa de letras del panel, en un momento fugaz de lucidez sus retinas retienen la puerta de embarque. Dirige su mirada al pasillo que se le antoja un interminable mar donde personas y maletas intentan llegar a buen puerto, se zambulle en la corriente poniendo cuidado de no perderse las señales que le indican su destino.
Mecánicamente sus pies se encaminan a la cinta transportadora y se deja llevar, se detiene, da dos pasos hasta la siguiente para volver a dejarse arrastrar. En su mente miles de recuerdos juntos golpean incesantemente las puertas de su memoria, fogonazos de una vida compartida que fotograma a fotograma visiona su alma. No le importa que ciertas escenas pasen rápidas, sabe en cuales detenerse.
Aquella vez que corrieron por la acera mientras llovía escudados bajo su abrigo extendido como una cometa, aquel duelo de miradas en casa de sus padres, la serenidad de noches compartidas con su cabecita dormida, la primera vez que hicieron el amor, la última...
Basta.
Las compuertas de su alma se cierran para preservar su integridad emocional, la poca cordura que le queda.
Desde la noticia miles de brazos y manos le han abrazado, cientos de bocas han emitido palabras de consuelo, muchos ojos han llorado a excepción de ella que se siente como un bloque de hielo. Él se ha ido dejándola fría, helada.
Quiso estar durante la incineración y la gente le preguntaba:
-¿Por qué te torturas?- a ella le encantaría decirles que ellos no entienden nada, que simplemente buscaba algo del calor de esas llamas que solo la llenaron de vacío.
Llega a su puerta de embarque. Una preciosa azafata de radiante sonrisa le da las buenas noches y toma la tarjeta de embarque de sus manos. La rasga por la línea de puntos troquelados por una máquina, asi siente ella que esté su alma, unida al cuerpo por una línea de agujeros que amenaza con hacerse más grandes de un momento a otro. Respira hondo y le devuelve la sonrisa, es raro encontrarse alguién agradable en un aeropuerto a esas horas de la noche y esa señorita lo es, merece al menos un poco de esfuerzo por su parte.
Busca su asiento en el interior del avión y se acomoda. Cierra los ojos, odia el momento del despegue. Le es fácil imaginar su mano cubriendo la suya como en tantas ocasiones que volaron jutnos, la calides de su aliento al susurrarle al oido.
-Estás preciosa cuando te asustas- mientras ella con los ojos suavemente cerrados y el estómago en la boca espera que pase el mal trago.
El momento pasa al fin.
Abre los ojos, observa la bolsa acolchada que reposa entre sus piernas. Se atreve a abrirla, el ruido de la cremallera es como el trueno antes de la tormenta. La fría noche dibuja figuras geométricas de hielo en su pequeña ventana, fuera todo es oscuridad, no enciende su luz.
Extrae la pequeña urna con las dos manos, la abraza y sus labios depositan en ella un suave beso mientras la primera de las lágrimas inicia un viaje sin retorno por su mejilla.